Ir al cole con la garrafa en mano

Fred, Irene y Patrick se pueden dar con un canto en los dientes por haber ingresado en uno de los mejores colegios de Uganda, el Archbishop Kiwanuka, a unos kilómetros de la capital, Kampala. Los tres hermanos fueron rescatados de la choza de paja que compartían con los otros seis miembros de su familia para ingresar en este colegio en régimen de internado, que les brindará no sólo educación sino también alimentos y otros cuidados.
La gestión corrió a cargo de la ONG Cirujanos del Mundo y, a través de ella, cuatro familias lucenses asumirán el coste de la educación de estos niños y de tres más en enero próximo en este internado, que logró en los últimos tres años los mejores resultados en educación primaria de Uganda.
A Fred -operado hace meses en el Polusa por los doctores Joaquín Mendonça y Pedro Juiz- y a sus hermanos Irene y Patrick, esta ONG les cambió la vida al permitirles alcanzar unos cuidados mínimos sanitarios y alimentarios y, sobre todo, la posibilidad de aprender a leer y a escribir.
Garrafas
Sin embargo, estos tres niños se ven obligados cada mañana a una tarea poco habitual en los colegios gallegos: coger su garrafa y recorrer varios kilómetros hasta adentrarse en la selva para ir a buscar el agua que consumirán a lo largo del día en su aseo personal y en el lavado de su propia ropa.
«El colegio, pese a ser uno de los mejores de Uganda, carece de agua corriente y, aunque los canalones recogen la lluvia, todos los niños -excepto los más pequeños- tienen que ir a buscar su propia agua con su garrafa», explica Amparo Tejeda, una de las integrantes de la ONG que acaba de llegar, junto a otros cinco lucenses más, de este país.
Esta expedición llevó, el pasado mes de agosto, tres maletas de 20 kilos cada una con ropa y material escolar, donado por distintos colaboradores con la ONG, que los lucenses repartieron entre las familias de los niños que fueron tratados en el Polusa y también en hospitales y orfanatos.
PROYECTOS
Un depósito más
Todas las viviendas que están en el campo en Uganda han de tener, por ley, un depósito de agua. El colegio Archbishop Kiwanuka también tiene depósitos, pero no son suficientes para el agua que pueden consumir los 900 niños del centro, que se surten sólo de lo que envían las nubes.
«Cortan el agua con mucha frecuencia y es por eso por lo que todas las casas han de tener un depósito. El colegio está en la carretera que va de Kampala a Maraka, en el campo, y los chavales tienen que bajar una colina, meterse en el valle y adentrarse en la selva para ir a buscar agua», afirma Chelo Caridad, otra de las integrantes de la ONG.
1.000
pollos se crían en otro de los proyectos de Cirujanos del Mundo en Uganda. Se trata de una granja, gestionada por la monja que viaja a Lugo con los chavales, la hermana Gertrudis, con la que se sufragan los gastos de un orfanato que está a cargo de las monjas del Buen Samaritano.
«Ahora comenzaron, además, a criar cerdos y les va muy bien. En este orfanato, hay 50 niños, que viven en un sitio idílico, a los pies del lago Victoria», dice Amparo Tejeda, que guarda un gran recuerdo de este viaje.
Pobreza entre mucho plátano verde cocido al vapor y alegría a raudales
08/09/2011 - Sabela Corbelle (Lugo)
«¿Si es tercer mundo… y qué es, realmente, eso?», se preguntan varios de los lucenses que viajaron a Uganda, la mayoría por primera vez. «Yo, personalmente, no vi miseria en Kampala; vi alegría», afirma, tajantemente, Amparo Tejeda.
Esos recuerdos le hacen dudar sobre si Uganda debería estar en el primer o en el tercer mundo. «Depende de qué entendamos por tal. Quizás ellos sean más felices, dentro de su pobreza, que nosotros. Hay pobreza, pero no se pasa hambre. Hemos visto grandes campos de té, de azúcar, de papiro…, claro, estábamos en el sur porque el norte es más desértico. Hemos visto también mucho movimiento comercial y mucho mercadillo de verduras y frutas», cuenta.
‘Matoke’
La expedición lucense no sólo tuvo tiempo de visitar colegios, orfanatos y hospitales y de comprobar las condiciones de vida de una parte de la población, también pudo probar el alimento básico de la dieta ugandesa: el ‘matoke’, en luganda (la lengua vernácula). «El ‘matoke’ es un plátano verde cocinado al vapor que, por cierto, la mayoría nunca lo habíamos probado y está buenísimo», asegura Amparo Tejeda.






